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....Y vió que el hombre de la llanura era, ante la vida, indómito y sufridor, indolente e infatigable; en la lucha, impulsivo y astuto; ante el superior, indisciplinado y leal; con el amigo, receloso y abnegado; con la mujer voluptuoso y áspero; consigo mismo, sensual y sobrio. en sus conversaciones, malicioso e ingenuo, incrédulo y supersticioso; en todo caso alegre y melancólico, positivista y fantaseador. Humilde a pié y soberbio a caballo. Todo a la vez y sin estorbarse, como están los defectos y virtudes en las almas nuevas" Don Rómulo Gallegos

13 de mayo de 2012

Romance para una Madre Campesina - Héctor Guillermo Villalobos

La imagen de la mujer campesina que refleja este poema, es definitivamente conmovedora. Estoy segura que el autor logró plasmar la vida de la mujer pobre del campo, sumida en su miseria, en su cotidianidad, en su humildad, su destino y su esperanza.  No lo trascribiré en su composición métrica original por razones de espacio:

¡Eduvigis, Gumersinda, Críspula o como te llames,
mujer del nombre infeliz que te puso el almanaque;
india color de la tierra que se ha chupado tu sangre,
siempre callada y humilde, concubina, bestia, madre,
tres veces te nombro santa y al comenzar a cantarte
barro el polvo que tú pisas con la pluma del romance!
Como esta tierra infinita que apenas muda el paisaje,
en sierra, en costa y el llano, eres una en todas partes
-que si acaso cambia el nombre, la vida no hay quien la cambie-
y así te reconocemos, llamente como te llamen,
por tus muchachitos sucios, tu fogón que siempre arde
y esos ojos de agua turbia apagados y distantes,
que, como tanto esperaron.... hoy ya no esperan a nadie....
La gracia de otras mujeres nunca rió en tu semblante,
ni siquiera cuando el hombre te trajo al rancho una tarde
entre caricias violentas y varoniles alardes.
Bajo su mano callosa quieta y muda te quedaste,
como un animal sumiso que tiene al amo delante
Y asì has vivido en silencio, pequeña sombra incansable,
entre gritos y trabajos,sierva de machos brutales,
con tu rosario de hijos, con tu cruz de enfermedades,
en la noria del trajín que a tu muerte ha de pararse.
¡Flor de anónimo heroísmo, concubina injerta en madre
con el pecho acribillado, por mas agudos puñales
que espinas tiene el cardón en la supliciada carne!
¡Todo el dolor de esta tierra, en el corazón te cabe,
porque es dolor maternal, dulce, atroz pena entrañable
y eres u como la tierra, cuando sufres, cuando pares,
cuando te inmolas sin quejas, por dar a todos tu sangre
en la cruz del diario afán, que clavan manos culpables!

Eduvigis, Gumersinda, Críspula o como te llames,
hembra menuda y cetrina de mis anchas soledades,
perdida en el triste olvido, de algún rancho miserable;
la de las manos nudosas, la de los pechos exangûes,
la de los diez muchachitos, desnudos y muertos de hambre,
hasta tu cocina humosa, tengo que ir a buscarte
para decirte a ti sola, con clara voz de romance:
cuando tu vida sin premio, calladamente se apague
y tu hombre con dos peones, al cementerio distante
se lleven en una hamaca, tu magra y sufrida carne,
y el mayor de los muchachos, vaya detrás sollozante....,
entonces - ¡Quizá entonces!- felicidad inefable,
con una luz de otro mundo, te florecerá el semblante,
porque verás unos hijos, alegres y saludables
labrando su propia tierra, la que abonaron sus padres
con sudor de brazo esclavo, con angustias y con sangre.

Porque verás unos ranchos, con jardincillos delante
que dirán como es de buena, la vida que adentro hacen,
y habrá paz sobre los campos y alegría en los hogares
limpios en donde los niños, serán niños que en las tardes
volverán de sus escuelas, cantando cantos rurales
y que tendrán sus juguetes, como los de las ciudades.
Y habrá familias felices en torno a mesa abundante,
donde el humo de la sopa, ascenderá en espirales,
como en el cromo hogareño, de un viejo pintor de Flandes.

¡Y ésa será tu cosecha, sembradora, mártir, madre,
que te entregaste a tu gente, con fe que no tuvo nadie,
que te fundiste en el surco, de tu vida incomparable,
como la mejor semilla, que en el conuco enterraste,
para que espigas de dicha, reventaran en el aire!

Edivigis, Gumersinda, Críspula o como te llames
-que si acaso cambia el nombre, la vida no hay quien la cambie-
mujer que andas a esta hora, librando el mejor combate
al lado de tu hombre rudo, junto a los hijos con hambre,
yo te saludo en el símbolo, el mas puro y perdurable,
de Venezuela en el día, de su mas glorioso trance.

Tú redimirás la tierra,con valor y fe indomables
y estarás en la cosecha y en el pan que el hombre parte
con mano que lo ha sembrado, con rostro apacible y grave.
¡Y una oración inaudita, será tu nombre de "madre"
en las bocas de esos hijos, que ya nunca tendrán hambre!

Héctor Guillermo Villalobos